Elsa Rossi Raccio

Página oficial

Prueba

Esa noche fue de mucha bronca, Clarita llegó de la milonga muy defraudada, tanto, que la tía Eulalia se preocupó bastante al escucharla despotricar de esa manera. Inútilmente buscaba calmarla.

—¿Qué pasa Clarita? Te das el gusto de bailar tango y venís tan enojada...

—¿Quién te dijo que me doy el gusto? —contestó rabiosa Clarita.

—Pero chiquita —seguía tía Eulalia— sabemos que esto no es Buenos Aires, tené paciencia ya te vas a ambientar.

Efectivamente no era Buenos Aires, hacía seis meses ya que Clarita estaba en Salta acompañando a su tía, compromiso que había tomado después del fallecimiento del tío Alberto.

Si bien esta tía era como su segunda mamá y la quería como tal, Clarita extrañaba terriblemente las milongas de Buenos Aires. Le costó mucho tomar la decisión de establecerse en Salta, pero la ilusión de dar sus clases de tango terminó por decidirla. Mientras tanto frecuentaba alguna que otra milonga, pero no era lo mismo.

Durante los primeros meses de estadía todo era una fiesta porque aprovechó a conocer esa geografía tan hermosa, Salta le ofrecía Cafayate, Tilcara, Humahuaca y tantos otros lugares dignos de conocer. Pero el tango la esperaba, tenía que trabajar y lo hacía con mucho entusiasmo. Es así que comenzó a buscar un lugar para desarrollar esa profesión que se había transformado en pasión.

De entrada recorrió el centro de la ciudad encontrando folclore por todos lados, hasta fue a presenciar una noche la Peña de Valderrama ubicada en San Martín al 1100. En uno de esos días encontró un lugar bien céntrico que contaba con una pista no muy grande , mas la ubicación era perfecta. Se presentó ante los dueños pero lamentablemente ya estaba ocupado por otro profesor que dictaba sus clases dos veces por semana. Ya nada le venía bien, hasta que de tanto buscar fue a parar a un club muy bien puesto, pero...siempre hay un pero, estaba a media hora del centro y la calle era de tierra.

Ahí tuvo la oportunidad que tanto buscaba, ella daría sus clases y luego armaba la milonga. Y comenzó con mucha ilusión. Trató de hacerse conocer, hizo volantes, tarjetas, en fin todo lo que estaba a su alcance y se largó con el nombre de "Tierrita", acordándose de que había un local en Buenos Aires que funcionaba con ese nombre y además en calle de tierra...qué otro nombre le iba a poner.

Todo comenzó con mucho entusiasmo, Clarita se ganó la confianza de sus alumnos. Todavía eran pocos, por eso solamente los sábados podía armar la milonga. Los concurrentes estaban encantados con ella y con la música que se pasaba, también...era la única porteña enseñando tango por esos lares.

Así pasaron uno meses y a pesar de la publicidad, y de la buena onda , no crecía el alumnado, la gente mayor era poca, los jóvenes también y cuando llovía ni hablar...lejos del centro y en calle de tierra... los pocos milongueros se quedaban en el centro.

Clarita no dejaba de hacer comparaciones con las milongas de Buenos Aires ¡imposible comparar! Eran varios los inconvenientes que tenía, entonces, a pesar de la garra que había puesto en este intento, su entusiasmo decaía.

Y pasó lo que tenía que pasar: hablar con la tía Eulalia y emprender el regreso lo antes posible. Así lo hizo, arregló las cosas con los parientes, con el club, y en cuanto pudo zafar, se volvió a Buenos Aires.

Llegó a su ciudad con un hambre voraz de milonga. La primera semana quería empacharse de baile y recorrió una por día sin parar, disfrutando a pleno. El trabajo que había dejado (sus clases) lo pudo retomar y respiró estos Aires tan Buenos, que tanto extrañaba.

Clarita había experimentado algo que de otra manera no se hubiera dado cuenta , algo positivo le había dejado todo lo vivido en Salta. Esto fue como una prueba que dejó al descubierto sus sentimientos. Si bien ella quería a su profesión con todo su corazón, su verdadera pasión no era enseñar, sino bailar. El regreso a Buenos Aires se lo demostró, las milongas la esperaban y ella se abalanzó desenfrenadamente a bailar, a sentir ese abrazo indescriptible que se siente y dejarse llevar por esa ensoñación que es el tango.

Seguramente Clarita volverá algún día a Salta, pero solo a pasear.

Elsa Rossi Raccio